En un mundo marcado por guerras preventivas, ejecuciones de operaciones de inteligencia y contrainteligencia, presupuestos de defensa desbordados y una carrera armamentista sin límites, existen países que desentonan. Son Estados que, contra toda lógica del mundo moderno, han decidido ser países sin ejército. Mientras las grandes potencias diseñan nuevos arsenales armamentísticos con inteligencia artificial y actualizan sus doctrinas de guerra híbrida incluyendo Operaciones Psicológicas (PSYOPS), ellos optan por el camino de la neutralidad, la diplomacia, pactos de no agresión o la fe en el derecho internacional.
Este artículo es un análisis geopolítico del modelo sin ejército, a través del estudio de los 10 países más relevantes que han renunciado -por abolición o por diseño- a tener fuerzas armadas permanentes. ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué tipo de conflictos enfrentaron en el pasado? ¿Qué mecanismos de seguridad adoptaron después? ¿Cómo proyectan poder, soberanía o estabilidad en un sistema internacional profundamente militarizado? Estas naciones no solo sobreviven: muchas buscan priorizar los indicadores de desarrollo humano, paz interna o influencia diplomática. Y si bien su decisión los aleja del lenguaje de las armas, los coloca en un terreno geopolítico tan audaz como frágil: el de quienes apuestan por la paz en un mundo diseñado para la guerra.

Costa Rica: la paz como proyecto nacional
Fundada oficialmente como república independiente en 1848 tras su separación definitiva del Imperio Mexicano y la Federación Centroamericana, Costa Rica tiene una historia política menos marcada por guerras que sus vecinos, aunque no exenta de conflictos internos. En 1948, el país vivió una breve pero sangrienta guerra civil tras unas elecciones disputadas; ese evento marcó un punto de quiebre en su historia contemporánea. Al año siguiente, en una decisión sin precedentes en América Latina, el nuevo gobierno liderado por José Figueres Ferrer abolió el ejército mediante decreto, y esa decisión fue consolidada en la Constitución de 1949.
Desde entonces, el país no cuenta con ejército, aunque sí mantiene una Fuerza Pública encargada de la seguridad interna, control fronterizo y tareas policiales, con entrenamiento especializado para enfrentar amenazas como el narcotráfico o el crimen organizado. Además, cuenta con un pequeño cuerpo de policía aérea y guardacostas, pero ninguna fuerza armada en el sentido convencional. Costa Rica ha apostado por el derecho internacional, la cooperación y el multilateralismo como pilares de su seguridad, convirtiéndose en sede de organismos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Universidad para la Paz de la ONU.
Costa Rica no ha sido invadida ni ha enfrentado ocupaciones militares sostenidas. Su modelo de desmilitarización ha sido ampliamente estudiado como un caso exitoso de construcción de seguridad y soberanía sin recurrir al poder armado. Sin embargo, ha tenido tensiones fronterizas -como el conflicto con Nicaragua por la isla Calero en 2010-, donde ha respondido siempre a través del derecho internacional y las cortes multilaterales, consolidando su imagen como una nación que apuesta por la diplomacia y la institucionalidad. Su experiencia demuestra que, incluso en una región históricamente convulsa, es posible construir un modelo de defensa basado en la paz, la legalidad y la cooperación internacional.

Islandia: defensa sin ejército en el Atlántico militarizado
Islandia se constituyó como Estado independiente en 1944, al separarse oficialmente de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque su historia moderna no está marcada por guerras internas o invasiones masivas, su ubicación estratégica en el Atlántico Norte -entre América y Europa- la ha convertido en una pieza geopolítica clave desde el siglo XX. A pesar de ser miembro fundador de la OTAN en 1949, Islandia tomó la decisión de no tener fuerzas armadas permanentes. La abolición no fue resultado de un conflicto directo, sino de una concepción estratégica: aprovechar su posición para insertarse en el sistema de defensa occidental sin desarrollar un ejército propio.
En lugar de un ejército, Islandia mantiene una fuerza de defensa costera, policía armada, equipos antiterroristas y una unidad de rescate civil altamente capacitada. La defensa del territorio islandés es responsabilidad de sus aliados de la OTAN, especialmente Estados Unidos, que mantuvo una base militar en Keflavík hasta 2006. Aunque la base cerró, Islandia sigue participando en ejercicios conjuntos, ofrece apoyo logístico y cuenta con acuerdos bilaterales de seguridad. La vigilancia aérea y marítima de su espacio soberano es compartida con otras potencias aliadas.
A pesar de su desarme permanente, Islandia nunca ha sufrido un intento serio de invasión militar, aunque tuvo tensiones marítimas con el Reino Unido en las llamadas Guerras del Bacalao (1958-1976), donde impuso su soberanía pesquera sin recurrir a un ejército. Su modelo de defensa se basa en la integración institucional con Occidente, la diplomacia activa y la estabilidad interna. En un mundo de amenazas cibernéticas y disputas por el Ártico, Islandia demuestra que es posible tener influencia geoestratégica sin desplegar tanques ni soldados, siempre que se administre con inteligencia su posición en el tablero global.

Ciudad del Vaticano: la soberanía del espíritu en lugar de las armas
La Ciudad del Vaticano fue establecida como Estado independiente en 1929 mediante los Pactos de Letrán firmados entre la Santa Sede e Italia. Aunque su historia anterior está entrelazada con siglos de poder político y militar de los Estados Pontificios, el Vaticano moderno nació deliberadamente sin ejército, apostando por una soberanía basada en lo espiritual, cosa que no ha evitado que el Vaticano sea una potencia mundial. No se trata solo del país más pequeño del mundo, sino de una de las entidades más influyentes en la arena internacional, sin necesidad de armas, tanques ni disuasión militar.
El Vaticano no posee fuerzas armadas, pero sí cuenta con la Guardia Suiza Pontificia, un cuerpo de élite ceremonial y de protección directa del Papa, compuesto por ciudadanos suizos, entrenados militarmente pero subordinados a una función protocolar y de seguridad interna. A nivel internacional, el Vaticano ejerce su poder a través de una de las redes diplomáticas más amplias del planeta. Es observador permanente en la ONU, influye en tratados internacionales sobre paz, desarme, migración, pobreza y conflictos, y actúa frecuentemente como mediador entre Estados o bloques enfrentados.
Nunca ha enfrentado amenazas militares directas desde su fundación como Estado moderno, gracias a su neutralidad permanente reconocida internacionalmente, a su enclave dentro de Italia y a su rol único en el equilibrio cultural y religioso global. En lugar de armas, el Vaticano despliega una forma de poder blando de alto nivel: autoridad moral, legitimidad histórica y una capacidad única de mediación global. En un mundo obsesionado con la fuerza, el Vaticano representa la posibilidad de una soberanía basada en lo simbólico, lo religioso y lo diplomático.

Panamá: desmilitarización tras la ocupación y el canal como garantía geoestratégica
Panamá proclamó su independencia de Colombia en 1903, con el respaldo decisivo de Estados Unidos, interesado en construir y controlar el Canal de Panamá. Durante gran parte del siglo XX, el país mantuvo fuerzas armadas que fueron evolucionando hacia una Guardia Nacional con fuerte poder político, especialmente durante los años del régimen militar. Sin embargo, el punto de quiebre llegó en 1989, cuando Estados Unidos invadió Panamá bajo la Operación Causa Justa para derrocar al general Manuel Noriega. Tras la intervención y en medio de una profunda reestructuración institucional, Panamá abolió constitucionalmente su ejército en 1994, convirtiéndose en uno de los pocos países en América Latina en renunciar oficialmente a sus fuerzas armadas.
Actualmente, la seguridad nacional está a cargo de una Fuerza Pública que incluye cuerpos especializados como la Policía Nacional, el Servicio Nacional de Fronteras (SENAFRONT), el Servicio Nacional Aeronaval (SENAN) y unidades antimotines. Aunque estas instituciones tienen entrenamiento paramilitar y capacidades tácticas avanzadas, su mandato es de naturaleza civil. Panamá se ha enfocado en consolidar su institucionalidad democrática, apostando por la cooperación internacional en seguridad, especialmente en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado transnacional. La defensa de su soberanía no se basa en fuerza bélica, sino en su valor geoeconómico como eje del comercio mundial, gracias al canal.
Desde su desmilitarización, Panamá no ha sufrido intentos de invasión ni ha sido blanco de amenazas militares directas, en gran parte por su rol crucial en la logística global y su cercanía diplomática con Estados Unidos. Además, forma parte de organismos internacionales de seguridad cooperativa y mantiene acuerdos bilaterales de asistencia. Lejos de quedar indefensa, Panamá ha convertido el canal en su principal instrumento de poder blando: una infraestructura estratégica que lo posiciona como actor indispensable en la economía global, demostrando que en algunos casos, la economía puede ser más disuasiva que las armas.

Liechtenstein: el principado que cambió soldados por bancos
Liechtenstein, pequeño principado europeo enclavado entre Suiza y Austria, fue fundado oficialmente como Estado soberano en 1806 durante el proceso de disolución del Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque tuvo una breve historia de movilización militar -como su célebre participación simbólica en la guerra austro-prusiana de 1866 con un ejército de 80 hombres que regresó con 81-, abolió su ejército de forma definitiva en 1868, en un acto motivado por razones económicas: mantener fuerzas armadas era considerado innecesario y demasiado costoso para un país de su tamaño.
Desde entonces, Liechtenstein no posee ejército ni fuerzas armadas permanentes, y la seguridad interna está garantizada exclusivamente por su cuerpo policial. Para su defensa externa, mantiene una postura de neutralidad no armada, respaldada por relaciones diplomáticas estables y acuerdos implícitos con países vecinos, especialmente Suiza, con quien mantiene una estrecha colaboración en temas financieros, fronterizos y de asistencia técnica. Aunque no tiene tratados formales de defensa, su inserción en el espacio Schengen y su rol dentro del Consejo de Europa le otorgan respaldo político.
Liechtenstein no ha sufrido amenazas militares desde su desarme, en parte por su posición geográfica protegida, su perfil bajo en asuntos militares y su extraordinaria influencia como centro financiero internacional. En lugar de soldados, el principado ha construido su poder sobre la estabilidad jurídica, la gestión patrimonial y una diplomacia discreta pero eficiente. En tiempos donde muchas naciones se arman hasta los dientes, Liechtenstein demuestra que la neutralidad puede ser una estrategia sólida cuando va acompañada de inteligencia fiscal, prudencia diplomática y geografía favorable.

Mónaco: la seguridad del lujo, la neutralidad y un escudo francés
Mónaco, oficialmente reconocido como Estado independiente desde el Tratado de Perpiñán de 1641 y reafirmado en tratados posteriores con Francia, es uno de los microestados más ricos y densamente poblados del mundo. A pesar de su longeva historia dinástica bajo la Casa de los Grimaldi, Mónaco no cuenta con un ejército desde el siglo XVII, y su defensa ha estado garantizada durante siglos por acuerdos bilaterales con Francia, su principal garante militar y diplomático. El Tratado Franco-Monegasco de 2002 actualizó estos términos, reafirmando la soberanía de Mónaco pero manteniendo a Francia como responsable de su defensa.
El principado tiene cuerpos de seguridad interna como la Compañía de Carabineros del Príncipe -una unidad de protección ceremonial y de seguridad cercana al monarca- y la Fuerza de Policía de Mónaco, altamente equipada y entrenada. Pero no posee fuerzas armadas militares, y su modelo de seguridad se apoya completamente en su estabilidad política, su inserción diplomática en organismos multilaterales y, sobre todo, en su alianza estructural con Francia. Esta relación ha permitido a Mónaco enfocarse en su rol como centro financiero, turístico y cultural de élite, con un perfil global que excede por mucho su tamaño físico.
Mónaco nunca ha enfrentado invasiones ni amenazas militares desde su consolidación moderna, en gran parte por su valor simbólico como enclave de neutralidad, riqueza y cultura europea, y por el paraguas protector francés que actúa como elemento disuasivo. El principado ha sabido mantener su independencia sin ejército, gracias a una combinación de diplomacia estratégica, poder blando basado en el lujo y vínculos históricos con una gran potencia europea. En términos geopolíticos, Mónaco representa cómo el capital, la neutralidad y las alianzas fuertes pueden sustituir -con éxito- al poder militar tradicional.

Estados Federados de Micronesia: soberanía sin armas bajo el paraguas estadounidense
Los Estados Federados de Micronesia (EFM) obtuvieron su independencia en 1986, tras décadas de administración estadounidense bajo el fideicomiso de Naciones Unidas. Ubicados estratégicamente en el océano Pacífico occidental, cerca de zonas de influencia de China, Japón y Estados Unidos, los EFM adoptaron una postura clara desde el inicio: no tener ejército propio y confiar en su relación con Washington para la defensa nacional. Esta decisión no fue producto de un conflicto bélico reciente, sino del diseño político poscolonial acordado bajo el Tratado de Libre Asociación con Estados Unidos, que sigue vigente.
Micronesia no posee fuerzas armadas permanentes ni un ministerio de defensa. La seguridad interna está a cargo de cuerpos policiales locales, y toda defensa externa -incluyendo ataques, amenazas marítimas o aéreas- es responsabilidad formal de Estados Unidos. En contrapartida, el país otorga a EE.UU. derechos exclusivos para operar bases militares y controlar el espacio estratégico de la región, lo que convierte a Micronesia en una ficha geopolítica importante dentro del tablero indo-pacífico, especialmente ante el avance de China en la región.
Hasta la fecha, Micronesia no ha sufrido conflictos armados ni intentos de ocupación desde su independencia, y ha sido un firme aliado de Estados Unidos en foros internacionales. Aunque su modelo de seguridad depende casi completamente del poder de otro Estado, los EFM han logrado mantener una soberanía formal, su representación diplomática y su autonomía interna. Este caso ilustra cómo un país pequeño y desmilitarizado puede convertirse en un aliado estratégico relevante dentro de un orden geopolítico dominado por potencias, siempre que administre inteligentemente su posición y sus relaciones exteriores.

Palau: desmilitarización con disuasión diplomática frente al dragón asiático
Palau, un archipiélago de poco más de 500 km² en el Pacífico occidental, logró su independencia en 1994 tras décadas de administración estadounidense bajo el mandato de la ONU. Como otros países de la región, nació sin ejército, pero a diferencia de otros microestados, ha asumido un papel diplomático notablemente activo en el contexto de las tensiones entre Estados Unidos y China en el Indo-Pacífico. Su decisión de no tener fuerzas armadas se consolidó como parte del Tratado de Libre Asociación con Estados Unidos, que garantiza su defensa exterior a cambio del acceso estratégico estadounidense al territorio palauano.
Aunque no posee fuerzas armadas, Palau cuenta con una Policía Nacional que se encarga de la seguridad interna y la vigilancia marítima, y participa en ejercicios conjuntos con Estados Unidos y otros aliados como Japón y Taiwán. De hecho, Palau es uno de los pocos países del mundo que mantiene relaciones diplomáticas oficiales con Taiwán, lo que lo convierte en una ficha particularmente delicada en la geopolítica regional. Ha denunciado públicamente la creciente presión china y ha solicitado mayor presencia militar estadounidense en su territorio como forma de disuasión indirecta, a pesar de no contar con un ejército propio.
Palau no ha sido invadido ni ha sufrido conflictos bélicos desde su independencia, pero vive bajo constante presión geopolítica. A pesar de su tamaño, ejerce un poder simbólico y estratégico desproporcionado: es una democracia estable, aliada fiel de EE.UU. y un actor activo en foros sobre cambio climático, pesca y seguridad marítima. En un escenario de creciente militarización del Pacífico, Palau representa un modelo de desmilitarización parcial que se apoya en el respaldo de potencias aliadas y en una diplomacia firme que no necesita tanques para marcar límites.

Andorra: un microestado sin ejército que sobrevive entre dos potencias
Andorra, situada en los Pirineos entre España y Francia, es uno de los microestados más antiguos de Europa, con orígenes que se remontan al año 843 y un sistema de gobierno inusual: es una co-principado parlamentario, cuyos jefes de Estado son simultáneamente el Presidente de Francia y el Obispo de Urgel (España). A pesar de estar geográficamente expuesta y sin salida al mar, Andorra no tiene ejército y jamás ha desarrollado una fuerza militar moderna. Su supervivencia ha dependido históricamente de acuerdos diplomáticos, neutralidad de facto y el equilibrio de intereses entre sus vecinos.
La defensa de Andorra recae, en caso de necesidad, en Francia y España, aunque no existe un tratado formalizado al estilo OTAN o de Libre Asociación. La seguridad interna está a cargo del Cuerpo de Policía de Andorra, que cumple funciones de orden público y frontera. Aunque no cuenta con tropas armadas, el país mantiene una pequeña unidad ceremonial compuesta por voluntarios, y en casos excepcionales puede solicitar apoyo internacional, como ocurrió durante la pandemia del COVID-19, donde Francia colaboró logísticamente con suministros y personal.
Andorra no ha enfrentado amenazas militares ni intentos de invasión en tiempos modernos, y su posición geopolítica -acompañada de una diplomacia prudente, neutralidad activa y modelo económico basado en el turismo y las finanzas- le ha permitido mantener una estabilidad política envidiable. Aunque carece de fuerza bélica, ha desarrollado vínculos estrechos con la Unión Europea y el Consejo de Europa, lo que fortalece su legitimidad internacional. En un continente con una historia marcada por guerras, Andorra demuestra que la neutralidad geográfica bien gestionada puede ser un escudo más eficaz que un regimiento armado.

San Vicente y las Granadinas: poder regional sin ejército en el Caribe
San Vicente y las Granadinas, ubicado en el corazón del Caribe, obtuvo su independencia del Reino Unido en 1979. Desde entonces, nunca ha establecido un ejército nacional, una decisión no derivada de un trauma bélico o tratado de ocupación, sino de una estrategia política basada en la cooperación regional, la no intervención y el refuerzo de mecanismos de seguridad interna. Como muchos pequeños Estados insulares, San Vicente apostó por la integración política en lugar de la militarización, volcándose hacia el multilateralismo caribeño.
El país no posee fuerzas armadas permanentes, pero cuenta con una Policía Real, que incluye una Unidad de Respuesta Especial y la Guardia Costera. Estas entidades son responsables de tareas de seguridad, control fronterizo y lucha contra el narcotráfico. En caso de agresión externa, San Vicente puede solicitar asistencia a través de organizaciones regionales como la Comunidad del Caribe (CARICOM) y el Sistema de Seguridad Regional (RSS), una alianza de defensa mutua entre varios países del Caribe Oriental. Este modelo le ha permitido mantener su soberanía sin desarrollar capacidad bélica propia.
San Vicente y las Granadinas no ha sido blanco de invasiones ni amenazas militares, y ha fortalecido su perfil geopolítico mediante una política exterior activa y coherente. Ha presidido el Consejo de Seguridad de la ONU (2020) y es miembro destacado de la CELAC, ALBA y otras plataformas que promueven una multipolaridad regional. Con un discurso soberanista, anticolonial y a menudo crítico del orden global impuesto, el país ha logrado ganar visibilidad en debates internacionales sin necesidad de tanques o aviones de combate. San Vicente demuestra que incluso los pequeños pueden levantar la voz en la arena global, si saben cómo usar la diplomacia como instrumento de defensa.

Conclusiones
Los países sin ejército han demostrado que es posible sostener la soberanía nacional sin necesidad de una fuerza armada convencional, siempre que exista una combinación de factores como estabilidad interna, institucionalidad fuerte, poder blando estratégico y alianzas diplomáticas sólidas. Costa Rica, Islandia, el Vaticano o San Vicente y las Granadinas no solo han sobrevivido sin ejército, sino que en algunos casos se han convertido en referentes globales de paz, sostenibilidad o mediación internacional. En contextos donde la economía, la diplomacia o el simbolismo religioso reemplazan a los cañones, estos países han encontrado formas alternativas de proyectar poder y garantizar su seguridad.
Sin embargo, este modelo también revela una dependencia estructural que no puede ignorarse. La mayoría de estos países delegan su defensa a potencias extranjeras -ya sea a través de tratados bilaterales, asociaciones estratégicas o acuerdos históricos- como es el caso de Micronesia, Palaos, Andorra, Mónaco o Panamá. La ausencia de ejército, más que una postura antimilitarista absoluta, suele estar acompañada de vínculos profundos con actores militares fuertes que fungen como escudo protector. En ese sentido, aunque estos Estados desafían la lógica militarista global, también evidencian que en un sistema internacional dominado por potencias, la neutralidad sin respaldo sería una ilusión.
