La historia del Talibán comienza a mediados de la década de 1990. Afganistán era un rompecabezas roto. Tras la aparatosa retirada de la Unión Soviética, el país se había desangrado en una cruel guerra civil entre facciones muy violentas. En los campos de refugiados de la frontera con Pakistán y en las escuelas religiosas del sur afgano, un grupo de jóvenes empezó a organizarse. Se hacían llamar los talibán, una palabra que en lengua pastún significa, literalmente, «estudiantes».
Liderados por el reservado Mulá Mohammad Omar, estos estudiantes prometieron algo que los cansados ciudadanos ansiaban con desesperación: orden, seguridad y el fin de la corrupción de los señores de la guerra. Su combustible era una interpretación rigurosa y puritana de la ley islámica, fusionada con el Pashtunwali, el estricto código de honor de la etnia pastún. Para 1996, la bandera blanca del Talibán ya ondeaba en la capital, Kabul, inaugurando un régimen que transformaría al país en un laboratorio de fundamentalismo extremo.
Dos Décadas en las Sombras
El primer gobierno del Talibán quedó marcado a fuego en la memoria global por la severidad de sus leyes, la supresión total de los derechos de las mujeres y la destrucción de los milenarios Budas de Bamiyán. Sin embargo, el destino del movimiento cambió drásticamente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Al negarse a entregar a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, el régimen se convirtió en el objetivo principal de la coalición liderada por Estados Unidos.

En pocas semanas, los combatientes del Talibán fueron expulsados de las ciudades. Pero el movimiento no desapareció; simplemente cambió de piel. Se replegó hacia las inaccesibles montañas del Hindu Kush y las porosas zonas tribales vecinas. Durante los siguientes veinte años, operaron como una insurgencia persistente y letal. El conflicto se convirtió en una guerra de desgaste donde el tiempo jugaba a favor de los locales. Como solían decir los ancianos de las aldeas afganas a las tropas extranjeras: «Ustedes tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo».
El Retorno al Tablero Global
El verano de 2021 trajo consigo el desenlace de esa larga estrategia de desgaste. Con el anuncio de la retirada definitiva de las fuerzas de la OTAN y las tropas estadounidenses, las defensas del gobierno afgano respaldado por Occidente se desmoronaron a una velocidad imprevista.
En una ofensiva relámpago que sorprendió a la diplomacia internacional, el Talibán recuperó provincia tras provincia casi sin necesidad de combatir. El 15 de agosto de 2021, los milicianos entraron nuevamente en los palacios gubernamentales de Kabul, consolidando su regreso definitivo al poder.
Bajo el mando de Haibatulá Ajundzada, el Emirato Islámico de Afganistán vuelve a ser la realidad que gobierna el país. Aunque en los primeros días del traspaso de poder el movimiento intentó proyectar una imagen más pragmática para buscar el reconocimiento internacional, las directrices más ortodoxas no tardaron en regresar.
Las duras restricciones a la educación secundaria y universitaria femenina, la estricta censura cultural y el consiguiente aislamiento económico internacional definen el día a día de una población que observa cómo el destino de su nación sigue estrechamente ligado a las decisiones de aquellos antiguos estudiantes del desierto.