En el Perú, los “dibujitos” han pasado de ser simples caricaturas que circulaban en redes a convertirse en un fenómeno político con impacto real. No se trata únicamente de humor o entretenimiento: hablamos de comunidades digitales anónimas, organizadas y con capacidad de influir en la agenda pública mediante acoso, memes y narrativas virales. Su irrupción cuestiona los límites entre comunicación política, activismo ciudadano y manipulación digital.
Lo más inquietante es que el disfraz de inocencia —avatares infantiles y caricaturescos— encubre tácticas de presión que, en algunos casos, rayan en el hostigamiento a periodistas y críticos. Este doble rostro, humorístico y violento, recuerda a las estrategias de “campañas negras” en donde la sátira es utilizada como un arma para minar adversarios, desviar el debate y moldear percepciones sociales.

¿Qué son los “dibujitos” en el Perú?
En el debate público peruano, “los dibujitos” designan a grupos anónimos en redes sociales que adoptan avatares caricaturescos o infantiles para intervenir en política. Su fortaleza reside en el anonimato y la coordinación, lo que les permite lanzar ataques, defender figuras públicas o instalar narrativas sin mostrar un rostro real. Este fenómeno los distingue de la caricatura política tradicional, que siempre tuvo autoría visible y responsabilidad editorial.
Más allá de lo visual, los “dibujitos” operan como colectivos digitales que utilizan la estética del absurdo y la ironía para ganar legitimidad frente a audiencias jóvenes. El humor, al mismo tiempo que suaviza los mensajes, esconde intenciones políticas claras. En este sentido, funcionan como un ejemplo de operaciones psicológicas en el terreno digital: manipulan emociones, disfrazan el discurso bajo la risa y generan efectos de movilización sin necesidad de una estructura partidaria.

El caso Franco Vidal y la municipalidad de Ate
El alcalde de Ate, Franco Vidal, se convirtió en el epicentro del debate sobre los “dibujitos”. Desde sus transmisiones en la plataforma Kick, creó una comunidad digital donde combina gestión municipal con espectáculo. Para muchos vecinos, se trata de un nuevo formato de cercanía; sin embargo, críticos señalan que se trata de un uso político de recursos públicos para alimentar su propia imagen y fortalecer a la red de seguidores que lo rodea.
El problema se agudizó cuando, tras investigaciones periodísticas, se reportaron amenazas directas a periodistas como René Gastelumendi y Alexandra Hörler. Estos ataques evidencian un patrón de hostigamiento que desborda lo digital para instalar miedo en el ámbito físico. La forma en que los “dibujitos” operan —anónimos, coordinados y vinculados a un liderazgo político— recuerda a la lógica de un “war room” en campañas electorales, donde las comunicaciones no se dejan al azar y la ofensiva contra adversarios es parte de la estrategia integral.

Los “dibujitos” como tropa digital
En el Perú, los “dibujitos” han empezado a ser descritos como una tropa digital, es decir, un conjunto de cuentas que actúan de forma coordinada para atacar o defender narrativas en redes. Su poder no reside en la sofisticación tecnológica, sino en la capacidad de saturar el debate público con ruido, confundir a la opinión y amedrentar a quienes cuestionan a las figuras que respaldan.
La operación es sencilla pero efectiva: memes, videos cortos y amenazas veladas que circulan bajo un disfraz de humor. Sin embargo, este mecanismo encaja dentro de una estrategia de inteligencia política, en la que se utilizan canales informales y anónimos para probar reacciones, medir influencia y desestabilizar opositores. En otras palabras, los “dibujitos” actúan como una extensión no oficial de un aparato político, con dinámicas que reflejan manuales de contrainteligencia aplicada a contextos digitales.

Caricatura y política en el Perú: antecedentes históricos
La relación entre caricatura y política en el Perú tiene más de un siglo de historia. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, los periódicos utilizaron la caricatura política como un arma de crítica feroz contra presidentes, ministros y congresistas. Con el trazo satírico, se resumían complejas coyunturas en una sola imagen capaz de ridiculizar al poder y moldear opinión pública. En tiempos donde el acceso a la información era limitado, estos dibujos eran tan temidos como los editoriales.
En los años noventa, bajo el régimen de Alberto Fujimori, la caricatura y la sátira televisiva se convirtieron en espacios de resistencia cultural frente a la concentración de poder y el aparato propagandístico oficialista. Esa tradición evolucionó hacia los memes políticos en los 2000 y, más recientemente, hacia expresiones visuales de estética anime en las elecciones del 2021. Estos formatos, aparentemente ligeros, demuestran que el humor gráfico es una herramienta de activismo político, capaz de perforar discursos oficiales y conectarse con audiencias jóvenes de manera masiva.

Impacto de los “dibujitos” en la democracia peruana
El auge de los “dibujitos” no es un simple fenómeno cultural: tiene consecuencias directas sobre la democracia. Al camuflar el acoso en humor, logran que las amenazas pasen inadvertidas o se minimicen, lo cual genera un efecto silenciador sobre periodistas y opositores. Esta práctica no solo debilita la libertad de expresión, también normaliza la idea de que la política puede ser librada desde la sombra, sin rendición de cuentas ni responsabilidad.
Además, la estrategia de estos colectivos plantea un dilema mayor: la manipulación emocional como herramienta política. El uso de ironía, miedo y hostigamiento recuerda a manuales de operaciones psicosociales, donde la prioridad no es convencer con argumentos, sino moldear percepciones colectivas a través de estímulos repetidos y agresivos. En este sentido, los “dibujitos” no solo disputan narrativas, sino que se convierten en actores que distorsionan la arena democrática con tácticas propias de una guerra política digital.

Conclusión
Los “dibujitos” muestran cómo la política peruana ha entrado en una nueva etapa, donde el humor y la sátira dejan de ser inocentes para convertirse en armas de presión y manipulación. Lo que antes se limitaba a la caricatura periodística hoy opera como un aparato digital capaz de intimidar y condicionar voces críticas, difuminando la frontera entre activismo ciudadano y maquinaria de poder.
El gran reto está en cómo enfrentar estas dinámicas sin caer en censura, pero evitando que se consolide un modelo de hostigamiento disfrazado de juego. La experiencia demuestra que cada campaña y cada figura pública deben prepararse no solo en comunicación tradicional, sino también en estrategias defensivas ante ataques digitales, porque la democracia se juega cada vez más en escenarios invisibles.
