“Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”. Rubén Darío escribió esos versos en 1904, en “A Roosevelt”, cuando todavía era reciente la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas tras la guerra de 1898. Más de un siglo después, su advertencia conserva una vigencia incómoda. Las presiones sobre Venezuela y las pretensiones sobre Groenlandia sugieren que ciertas lógicas de poder no desaparecen: cambian de forma y de retórica, pero persisten.
En el caso del imperialismo estadounidense, la repetición suele combinar tragedia por sus costos humanos y farsa por la rapidez con la que se reciclan discursos para legitimar objetivos similares.
1898: EL ENSAYO GENERAL DEL IMPERIO
A finales del siglo XIX, Estados Unidos consolidaba su proyecto de potencia global. La guerra contra España en 1898 no fue un accidente diplomático, sino el resultado de una estrategia deliberada de expansión. El pretexto fue la explosión del acorazado Maine en el puerto de La Habana, un incidente cuya autoría nunca se esclareció completamente, pero que la prensa amarillista convirtió en grito de guerra.
La guerra fue breve y desigual. El Tratado de París de 1898 certificó la cesión de Puerto Rico, Filipinas y Guam. Cuba quedó formalmente independiente, pero bajo tutela. La Enmienda Platt, impuesta en 1901, dejó claro que esa independencia era nominal: Washington se reservaba el derecho de intervenir militarmente cuando lo considerase oportuno. Aquella guerra no fue sobre libertad o democracia; fue sobre mercados, posiciones estratégicas y afirmación de poder. El Caribe se convertía en un lago estadounidense, y la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) comenzaba a revelar su verdadero significado: América para los estadounidenses.
RUBÉN DARÍO: LA OTRA AMÉRICA QUE RESISTE
Darío comprendió lo que estaba en juego. “A Roosevelt” no es solo una crítica a un presidente expansionista; es una defensa de la dignidad de la América hispana. Contrapone dos Américas: la sajona, materialista y fuerte, y la hispana, rezadora y soñadora, heredera de Netzahualcóyotl, del Inca, de Moctezuma y de Cuauhtémoc. No plantea una oposición racial, sino civilizatoria: el riesgo de una potencia que prioriza la fuerza sobre el derecho, la dominación sobre la convivencia y el poder sobre la cultura.
Su cierre “Tened cuidado” funciona como advertencia política: cuando una potencia se asume como árbitro natural, la soberanía ajena se vuelve negociable y el derecho queda subordinado a la conveniencia.
VENEZUELA: LA DEMOCRACIA COMO PRETEXTO
La crisis política venezolana es real y compleja, pero la injerencia estadounidense no responde a preocupaciones democráticas genuinas. Si ese fuera el criterio, Washington aplicaría la misma vara de medir a aliados autocráticos en el Golfo Pérsico o en otras latitudes. La presión sobre Venezuela se explica por una combinación de factores: las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, su posición geográfica estratégica y el deseo de revertir lo que se percibe como una afrenta al poder estadounidense en su “patio trasero”.
En ese marco se entienden los llamados a la intervención militar, las sanciones económicas que afectan principalmente a la población civil y el reconocimiento unilateral de gobiernos paralelos. Cambia el lenguaje; permanece la lógica: ningún país de nuestra América decide su destino si ese destino contradice los intereses de Washington.
GROENLANDIA: EL EXPANSIONISMO SIN DISFRACES
Las declaraciones sobre la compra de Groenlandia son reveladoras porque prescinden casi por completo del barniz ideológico. No se habla de democracia o derechos humanos, sino de intereses estratégicos y control de recursos. Que Groenlandia sea un territorio autónomo de Dinamarca, aliado de la OTAN, parece secundario frente al mensaje implícito: si algo es estratégicamente valioso, su soberanía formal se vuelve negociable.
La historia ofrece paralelos: la compra de Alaska a Rusia en 1867 o las presiones sobre México que resultaron en la cesión de Texas, California y otros territorios. La geografía y los recursos aparecen como botín, al margen de consideraciones legales o éticas. Por eso Groenlandia no es una anécdota; es un síntoma de un expansionismo que, cuando puede, habla sin disfraces.
LECCIONES DE 1898 PARA 2025: GOBERNANZA, HISPANIDAD Y CONTRAPESOS
Desde la perspectiva de la gobernanza internacional, estas actuaciones reabren la pregunta central: ¿vivimos en un sistema basado en reglas o en uno donde el poder define las reglas? La Carta de las Naciones Unidas consagra soberanía y no intervención, pero su efectividad depende de la capacidad colectiva para hacerlas respetar. Para los países medianos y pequeños, el multilateralismo es el único dique frente a la arbitrariedad.
Aquí la perspectiva hispanista cobra relevancia. La comunidad iberoamericana, con más de 500 millones de hispanohablantes, tiene responsabilidad y capacidad de ser contrapeso si traduce afinidad cultural en coordinación política concreta: posiciones comunes en organismos internacionales, alianzas económicas que reduzcan dependencia y cooperación en seguridad. España, como puente entre Europa e Iberoamérica, puede impulsar esa articulación.
De 1898 se desprenden lecciones claras para 2025: los pretextos humanitarios suelen ocultar intereses materiales; la división debilita y la unidad fortalece; el derecho internacional sin poder efectivo se vuelve papel mojado; la narrativa y la opinión pública son campos de batalla; y la paciencia imperial es larga, por lo que la resistencia debe ser igualmente persistente. Por eso el poema de Darío sigue siendo necesario: no para alimentar resentimientos, sino para exigir dignidad, organización y multilateralismo inteligente.
