Contexto energético: la búsqueda por la supervivencia energética tras el desabastecimiento de crudo de Venezuela
Tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela el pasado 3 de enero y el control estadounidense de Petróleos de Venezuela (PDVSA), Cuba ha perdido su suministro histórico “preferencial”.
Recientemente, Donald Trump publicó en su plataforma Truth Social un mensaje directo a La Habana: “No habrá más petróleo ni dinero para Cuba – cero! Les insto a llegar a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde”. Esta fue una declaración categórica: Cuba ya no recibirá soporte petrolero ni apoyo financiero vinculado a Venezuela bajo la política estadounidense reciente.
Ante este escenario, dos actores estarían intentado sostener la precaria estabilidad de la isla:
México: el nuevo “salvavidas” en disputa
Bajo la administración de Claudia Sheinbaum, México se ha convertido en el principal proveedor de crudo de la isla en 2025, aunque el abastecimiento sería insuficiente. A través de Pemex (filial Gasolinas Bienestar), México ha enviado un promedio de 17,200 barriles diarios.
La demanda total – frente a la producción nacional – es de 110,000 barriles diarios (bpd) para un funcionamiento básico (electricidad, transporte y servicios). Cabe precisar que la producción nacional diaria es de solo 40,000 bpd. Se trata de un crudo pesado, con alto contenido de azufre, útil principalmente para termoeléctricas antiguas, pero insuficiente para producir gasolinas o diésel refinado.
En consecuencia, Cuba depende de la importación de 70,000 bpd. Sin este flujo, el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) colapsa, generando apagones de más de 20 horas. Por ello, la economía cubana se encuentra en un estado de parálisis técnica debido a la imposibilidad de cubrir su demanda mínima de hidrocarburos.
Este suministro habría provocado una fricción directa entre la Casa Blanca y México. El presidente Trump ha calificado este apoyo como una “interferencia” en su política de máxima presión. Para México, el costo político de sostener a Cuba se incrementa, enfrentando la posibilidad de aranceles o sanciones secundarias si no cesa el flujo. A ello se suma la presión de EE. UU. para que México ejerza mayor control en la frontera a fin de evitar el ingreso ilegal de extranjeros a territorio estadounidense y una eficiente política antidrogas ante el avance incontenible de los carteles que trafican el fentanilo.
Según fuentes, México podría enfrentar sanciones comerciales (aranceles) si continúa enviando crudo “gratuito” o subsidiado a Cuba. Esto coloca al gobierno mexicano ante una disyuntiva: sostener la solidaridad ideológica o proteger su economía frente a su mayor socio comercial.
Rusia: el aliado estratégico limitado
Rusia mantiene un rol de “protector de última instancia”, pero con capacidades logísticas y financieras mermadas por su propio contexto geopolítico. Más allá de la retórica de hermandad, su capacidad para sostener a Cuba tras la caída de Maduro es limitada y esencialmente pragmática.
Aunque Rusia ha firmado acuerdos para modernizar la siderurgia (Antillana de Acero) y ha enviado cargamentos de emergencia (aprox. 7,000 bpd), no puede sustituir los 70,000 barriles diarios que Cuba ha perdido. En la práctica, Rusia prioriza su economía de guerra y el mercado asiático.
Mientras Cuba necesita 70,000 barriles diarios importados para no colapsar, los acuerdos actuales con Rosneft (la mayor empresa petrolera de Rusia) contemplan apenas unos 30,000 barriles diarios aproximadamente (1.64 millones de toneladas anuales), de los cuales solo una fracción llega de manera constante debido a las sanciones y a la falta de pagos.
Cabe señalar que, en octubre de 2025, Putin ratificó un acuerdo de cooperación militar secreto. Sin embargo, tras la intervención de EE. UU. en Venezuela (donde murieron 32 asesores cubanos), la presencia rusa en el Caribe se ha vuelto un activo de alto riesgo. Moscú utiliza a Cuba más como una herramienta de distracción psicológica contra Washington que como una base de operaciones real, dado que un despliegue masivo provocaría una respuesta letal de la administración Trump.
Rusia ha reestructurado 2,300 millones de dólares de deuda cubana, pero exige a cambio la entrega de tierras en usufructo y concesiones comerciales que el sector más nacionalista del PCC (Partido Comunista de Cuba) no desea entregar.
En términos estructurales, Rusia no puede convertirse en el nuevo “mecenas” de Cuba como lo fue la URSS o Venezuela. Con el presupuesto ruso de 2026 enfocado en sostener su propio frente bélico y con inflación interna creciente, Moscú no está en condiciones de regalar petróleo. El reciente envío de combustible, valorado en 60 millones de dólares, representa un alivio de apenas unas semanas, no una solución estructural.
El apoyo de Rusia es indispensable, pero insuficiente. Moscú entrega a Cuba lo mínimo para que el régimen no caiga mañana (créditos para plantas eléctricas y envíos esporádicos), pero no lo necesario para que la economía funcione. En 2026, es posible que Rusia acompañe a Cuba hasta la puerta del cementerio, pero no entrará con ella. De esta manera, el componente social – agotamiento, migración interna, pérdida de apoyo y legitimidad – actuaría como multiplicador del colapso energético.
La opción política de Marco Rubio: el arquitecto del “cambio”
El nombramiento de Marco Rubio como Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional ha cambiado radicalmente las reglas del juego. Rubio no es solo un diplomático: es el ideólogo de la estrategia de “liberación” del hemisferio. Es hijo de inmigrantes cubanos que salieron de la isla tras la Revolución. Para él, Cuba no es un tema externo: es memoria familiar, pérdida y exilio. Esto explica por qué su lenguaje sobre Cuba es emocionalmente más duro que el de otros políticos estadounidenses.
Rubio no cree en reformas graduales ni en “aperturas controladas”. Su diagnóstico es claro:
- El régimen cubano no se reforma, se sostiene.
- Cada concesión económica prolonga la supervivencia del aparato militar.
- El problema central no es ideológico, sino de poder y coerción.
Por eso, su enfoque es la asfixia de ingresos: cortar energía, financiamiento, turismo, remesas estatales y apoyo externo.
La visión estratégica que tiene sería la siguiente:
- Cuba es el nodo histórico del autoritarismo latinoamericano.
- Mientras Cuba sobreviva, el modelo se exporta (antes a Venezuela, Nicaragua, etc.).
- La caída de aliados energéticos (como Venezuela) abre una ventana irreversible.
Su sensibilidad no es compasiva; es quirúrgica. Busca crear un punto donde la élite tenga que negociar o fracturarse. Su reputación se ha disparado tras la operación militar que culminó con la captura de Maduro en Venezuela. Esto le otorga un “mandato” político dentro de la administración Trump para aplicar un modelo similar en Cuba. En círculos de Washington y en redes sociales, Trump ha alimentado la idea de que Rubio podría ser el “administrador” o una figura clave en una Cuba post-comunista, lo que incrementa el pánico en la cúpula de La Habana.

Escenarios posibles
Escenario 1: el colapso por asfixia (efecto Rubio–Trump)
EE. UU. logra presionar a México para que corte el suministro de Pemex. Sin el petróleo mexicano y con Rusia incapaz de cubrir el 100% de la demanda, la red eléctrica cubana sufre un “apagón total permanente”. Esto fuerza una rendición incondicional de la cúpula militar o un éxodo masivo que EE. UU. bloquearía militarmente, precipitando un cambio de régimen interno.
Escenario 2: negociación bajo amenaza de intervención
Viendo el precedente de Venezuela, sectores pragmáticos dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) contactan a la oficina de Rubio para negociar una “salida digna”. Este escenario incluiría la entrega de figuras clave y la convocatoria a elecciones libres a cambio de inmunidad y el levantamiento inmediato del embargo, con el objetivo de evitar una hambruna generalizada.
Escenario 3: el atrincheramiento y el eje euroasiático
Cuba intenta resistir convirtiéndose en una base logística total para Rusia y China a cambio de energía. Este escenario desembocaría en una crisis de misiles moderna; Rubio y Trump probablemente responderían con un bloqueo naval total a la isla, elevando el riesgo de un conflicto bélico directo en el Caribe. Se trata de un escenario altamente complejo para la seguridad hemisférica.
Escenario 4: apertura “a la mexicana”
México resiste la presión de EE. UU. y continúa enviando petróleo, actuando como mediador entre La Habana y Washington. Este escenario es poco probable bajo una administración Trump que ha demostrado estar dispuesta a usar el petróleo como arma de guerra política y que cuenta con Rubio para ejecutar una política de
“tolerancia cero”. Además, la presencia de cárteles mexicanos y la presión por el control transfronterizo se suman a la baja probabilidad de este desenlace.
Conclusión:
Desde una perspectiva de colapso sistémico, el destino de Cuba en 2026 dependerá menos de su política interna y más de la triangulación entre:
- La capacidad y decisión de México de sostener el flujo energético bajo presión.
- El apoyo ruso como “mínimo vital” sin capacidad de normalización, y
La voluntad política de Washington, donde el “factor Rubio” puede operar como acelerador de una estrategia de asfixia total.
Con Venezuela fuera de la ecuación, Cuba enfrenta un estado de sitio energético que cierra la ventana de reformas graduales. Lo que queda es una transición forzada: o por colapso técnico (energía y abastecimiento) o por negociación bajo amenaza creíble.
En términos operativos, el sistema deja de comportarse como un proyecto ideológico y pasa a comportarse como un sistema de supervivencia material: energía, alimentos, control social y capacidad coercitiva mínima. Si el flujo energético externo cae por debajo del umbral de funcionamiento, el Escenario 1 (colapso por asfixia) se convierte no en una predicción absoluta, sino como decimos en inteligencia en la trayectoria más probable.