La historia de la humanidad es una secuencia incesante de conquistas, migraciones y mezclas, desde las invasiones de los persas y los griegos, pasando por los imperios de Roma, China y los califatos árabes, hasta las cruzadas y los descubrimientos oceánicos, la expansión y el dominio fueron las formas con que las civilizaciones se encontraron y, a menudo, se transformaron. América no fue la excepción, la llamada conquista fue un encuentro dramático, sí, pero también el inicio de un mestizaje que dio origen a un continente nuevo, híbrido, contradictorio y fecundo.
Hoy, quinientos treinta y tres años después, el discurso que insiste en el agravio eterno resulta más estéril que reparador, “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, escribió el filósofo español y universal George Santayana, y los que la deforman por conveniencia ideológica están condenados a no superarla jamás.
No se trata de negar la violencia ni las injusticias que acompañaron aquel proceso, sino de entender que la humanidad entera ha sido forjada sobre ruinas, batallas y renacimientos, Roma fue saqueada por los bárbaros, China invadida por los mongoles, y Japón -tras Hiroshima y Nagasaki- se reinventó en paz, disciplina y trabajo hasta convertirse en una potencia.
¿Por qué, entonces, América Latina, que en realidad debe llamarse Hispanoamérica, insiste en buscar culpabilidades más que soluciones? El resentimiento histórico ha sido el combustible favorito de una izquierda populista que predica la reparación, pero cosecha división. Hablan de racismo y colonialismo con los labios llenos de consignas, mientras perpetúan la miseria espiritual y la dependencia del resentimiento social. El indigenismo convertido en fetiche y el victimismo racial como coartada moral, no son caminos hacia la dignidad, sino nuevas cadenas disfrazadas de conciencia histórica.

“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, escribió Jean-Paul Sartre, y esa sentencia resume el destino del continente americano, podemos seguir lamentándonos por el pasado o asumir la responsabilidad de construir el futuro. La conquista no fue solo la espada y la cruz, fue también la lengua, el pensamiento, la arquitectura, la música y la posibilidad de un diálogo universal. De aquel choque surgió el barroco americano, la poesía de Sor Juana, la arquitectura quiteña, la lengua mestiza de los Andes, y una identidad que no necesita pedir perdón ni permiso.
Las naciones que progresan son aquellas que transforman su dolor en energía creadora. Max Weber, en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, explicó que “el trabajo se convirtió en vocación, y la vocación en motor del progreso”. Esa es la lección que debemos recuperar, el trabajo como virtud, no como castigo, la disciplina como liberación, no como servidumbre.
Japón, Alemania, Corea del Sur y tantos otros pueblos han demostrado que la grandeza no se mide por la ausencia de heridas, sino por la capacidad de cicatrizarlas, América debe dejar de vivir entre el museo, el mitin y la piedra, conscientes de que el racismo y el resentimiento son lastres de quienes prefieren el lamento a la acción propositiva, no cabe la menor duda que la historia no se borra ni se juzga con ojos del presente, se asimila, se digiere, se estudia y se supera.
Es hora de hablar menos de conquista y más de reencuentro, de reconocer que lo español y lo indígena, lo africano y lo europeo, lo mestizo y lo criollo son parte inseparable de una misma sangre y emerger con la tarea del siglo XXI, sin reabrir las heridas del XVI, sino probando que la mezcla puede ser destino y no desgracia.
“América -decía Pablo Neruda- no invoco tu nombre en vano.” tampoco debemos invocarlo para dividirnos, porque el futuro pertenece a los que trabajan dignamente con perseverancia y orgullo, sin rencor, con la convicción de que nadie avanza mirando hacia atrás.
Ni conquista, ni victimismo, el mestizaje es el destino de la humanidad…

2 respuestas
A no dudarlo esta Editorial, abraza sobre todo el conocimiento y la razón, aquellos que insisten en sabotearla solo se envenenan sin dar salida a algo que está fusionado por la marcha natural del tiempo y la Historia, hay que buscar una salida inteligente y no una negada actitud de odio e intolerancia por decirlo cortito. Bien concebido y oportuno lo expresado en este mensaje
Es más fácil vivir del dolor y refugiarse en la pobreza, el alcohol y las mentiras, Con el espíritu de este pueblo aborigen Japón no se hubiese recuperado de dos bombas nucleares nunca y estuviese llorando la maldad de los Aliados, si fuésemos alemanes aun estaríamos viviendo en las piedras de los edificios bombardeados. Ya basta de «pobrecitos», hicieron la constitución a medida de su pobreza mental y los resultados son más deuda, más violencia, más narcotráfico porque en el mundo de los pobrecitos el ladrón es el REY.